viernes, 11 de julio de 2008

Mocos


Me gusta un chico que se come los mocos. Me gustaría que los compartiera conmigo, pero soy demasiado tímida, me da vergüenza que piense que también a mí me gustan. Lo veo pasar y hacer redondas pelotillas, juega con ellas y se divierte tirándolas al aire. Es todo un arte el que ha desarrollado con las pegajosas y verdes mucosidades que salen de su linda nariz. Un día me efrié tanto que me pegué días y días pensando en lo bien que se lo pasaría ese chico a mi lado, porque le dejaría que metiera sus dedos en mi nariz y me hicera un ramo de moqueantes rosas de color verde. Sus amigos también se comen los mocos a todas horas, es algo increíble ver a varios chicos todos juntitos con el dedo en la nariz, sin hablarse, tan sólo concentrados en sacar el máximo provecho a sus narices hasta que sangran y se acaba la diversión. Quiero decirle al chico de los mocos que me deje probar uno de los suyos, pero no tengo valor para hacerlo, no quiero que me tome por una pervertida asquerosa que va pidiédole mocos a los demás porque cada uno se come los suyos y no invita a sus veciones a desayunar café con mocos. Pasan los días y mi moquito verde y redondo no me invita a compartir sus babosas intimidades, creo que voy a enamorarme de otro que tenga una afición menos rara como por ejemplo que trepe paredes haciendo el pino o que toque el acordeón con la nariz, pero seguro que deja mocos en las teclas y eso me recuerda a mi moquillo originiario. Achuuuuuuuuuuus, ¡Jesús!

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